Recostada junto a él dió una calada al Marlboro que compartían, expulsó lentamente el humo y comentó sonriente - son las seis de la madrugada -. Hacía horas que, desnudos, acompañaban con sus cuerpos el balanceo del reflejo de la luna sobre las olas, alternando movimientos y posiciones en una enorme y a estas horas húmeda cama, frente al abierto ventanal de aquel hotel sobre el mar Mediterráneo, en el que la brisa de los primeros días de mayo ayudaba refrescando el caldeado ambiente. Subieron a la habitación pasada la medianoche. Hasta las once, ella, por su cuenta, recorría ociosa la ciudad agotando las últimas horas del fin de semana, y hasta casi esa misma hora él ultimaba temas laborales. Nada hacía presagiar que terminarían encontrándose. Ahora pegados, vacíos, mojados, él tras ella, la abrazaba rodeándola con sus brazos, le recorría con los labios el cuello, y entre tanto, todavía a ratos, y como si seis horas no hubieran acabado con todas...
"Unos dicen que soy muy buena. Otros que soy muy mala".