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Mostrando entradas de marzo, 2008

Desesperación (Espronceda)

Me gusta ver el cielo con negros nubarrones y oír los aquilones horrísonos bramar, me gusta ver la noche sin luna y sin estrellas, y sólo las centellas la tierra iluminar. Me agrada un cementerio de muertos bien relleno, manando sangre y cieno que impida el respirar, y allí un sepulturero de tétrica mirada con mano despiadada los cráneos machacar. Me alegra ver la bomba caer mansa del cielo, e inmóvil en el suelo, sin mecha al parecer, y luego embravecida que estalla y que se agita y rayos mil vomita y muertos por doquier. Que el trueno me despierte con su ronco estampido, y al mundo adormecido le haga estremecer, que rayos cada instante caigan sobre él sin cuento, que se hunda el firmamento me agrada mucho ver. La llama de un incendio que corra devorando y muertos apilando quisiera yo encender; tostarse allí ...

Mi peor yo

Sollozos y gemidos derramados desgarran el lecho donde arranqué temporales de perpetuos desafíos a la muerte. Coqueteos con veneno en la espiral de los límites de la que hoy soy esclava. Ataduras de mi existencia a una figura que rasga sin aparente razón la voluntad. Ausencias detenidas por el tiempo que crueles se arraigan a las entrañas. La huella surreal de un cuerpo ilusorio que nunca debió ser contrastando con la realidad aún presente en unas sábanas, todavía impresa en un cuerpo por un cuerpo al que permanezco encadenada. El alma agotada. Furia presente hora tras hora que vaga lacerando recuerdos en la piel. Tormentas de rabia contenidas, espasmos sólo cesados por naúseas sangrientas. Heridas de guerra, llagas de amor. Mi peor yo.

Game over

Jugar al límite es confiar, si se rompen las reglas se acaba la partida.

Cábala frente al Mediterráneo

Andaba pensando en otros tiempos remotos, remotos, vaya, en la medida de lo posible, pues cuando una tiene recién cumplidos los 31 tampoco se puede retroceder mucho en el tiempo. Me recordaba a mí misma hace escasamente una década, recién entrada en la veintena, aquellos años cobrizos, que no dorados, y que nada tienen que ver con el tinte del pelo, en los que creía saberlo todo. Revisando alguna foto de entonces observo pocas diferencias físicas, prueba de que el paso del tiempo me está tratando bastante bien, pero sí una gran diferencia en la mirada, sin duda alguna el paso del tiempo se ha llevado mi inocencia, aquella que irradiaba candidez en cada caída de ojos, la mirada de alguien que, creyéndose en posesión de la verdad absoluta quemó etapas a velocidad de vértigo, muy por encima del orden natural de las cosas, y lo peor de todo, es que ahora me doy cuenta de que lo hice no estando ni mínimamente preparada. Hoy día quizá si lo esté, sin embargo he perdido entusiasmo, pocas cosa...