De siempre he considerado ese cálido, amargo, dulce y ácido zumo como una bebida de lo más sensual, ya su imagen en la copa se me antoja un imán a la vista, y la ingesta en cierto modo me predispone al sexo salvaje. Degusto gustosamente vino blanco, y rosado, con burbujitas y sin ellas, fríos o a temperatura ambiente, me gustan todos, pero en este caso concreto, me refiero al vino tinto, a ese vino color sangre de curvas sinuosas que se retuercen en la copa devolviéndote olores que apremian a probarlo. La experiencia de mojar los labios en él, despacito, me parece sólo comparable en gozo a la misma situación, pero con el sexo de la persona más deseada. Provoca un glorioso estallido de sabor al entrar en mi boca, inundando elegante y morbosamente el paladar y la lengua con matices variopintos dependiendo de sus características. Se mete hasta mi garganta, como tú, detonando allí otra vez, como tú, dando paso entonces a oscilaciones de temperaturas que despiertan escalofríos en mi espalda...