Viernes tarde-noche, el marido infiel llega cansado a casa tras un agotador combate sexual con su amante, sólo desea recostarse en el sillón a regocijarse en los recuerdos mientras consulta su buzón de correo. No da a la esposa la atención requerida y es más que evidente que tampoco le dará sexo, fisiológicamente hoy sería imposible. Total, ella es como una madre, siempre está ahí y no exige esfuerzo el mantenerla, siente mucho apego por ella, pero no experimenta ni por asomo raciones de amor apasionado como la que él acaba de tener. Que más quisiera una esposa que la trataran en la cama como tratan a la amante. Mientras él anda absorto en sus pensamientos y e-mails escucha la voz de ella que, desde otra estancia de la casa, le recrimina que no le cogiera el teléfono en toda la tarde. Él le recuerda burlón lo pesada que es y lo a menudo que lo llama, le dice también que nunca le llama para deshacerse en versos de amor, sino siempre para pedirle que recoja a los niños o decirle que hay que hacer la compra. En ese momento interrumpe la conversación una esperada llamada de teléfono. Es esa pareja de siempre, ese par de aburridos como ellos con los que tienen por costumbre salir cada viernes noche. Mera rutina, un buen restaurante para cenar sólo por la costumbre de salir de casa, de hacer vida social. Para nada será una velada romántica, conversarán de lo de siempre, él con él, ella con ella, y a ratos el infiel en silencio anhelará la llegada del lunes para poder pasar otro rato con su amante. Piensa entonces que su amante puede sentirse sola en estos momentos, pero ni imagina lo sola que llega a sentirse su esposa. Nadie se pregunta que es peor, si sentirse sólo a veces, o sentirse sólo en compañía.
Acuerdan tomar unas copas después de cenar, copas acompañadas de recriminaciones por parte de la esposa que sólo toma zumos de frutas naturales. Que si el marido bebe mucho, que si la trascendencia para la salud de esas copas, que si te has pasado y ahora sólo dices tonterías. Acompañan a los reproches los deseos por llegar a casa. Para ella casa es igual a hogar. Para él casa es igual a descanso. No llegará a casa para relacionarse con ella, sino para descansar, y le fastidiará que ella le hable sin parar, le enervará que pueda estar de mal humor. Podría estar de mal humor mientras yo estoy fuera, piensa. De hecho no le preocupa la causa del mal humor, sino que este pueda llegar a estropearle el descanso. Ella algo harta de ver la cara de tedio que él le pone cuando le cuenta como le ha ido el día, así como que tache de gilipollez todo lo que a ella le parecen problemas serios piensa que dejará de hablarle con tal de no aburrirle y los problemas los comentará con sus amigas, que son quienes muestran más comprensión.
La amante a la par de esta situación y absolutamente ajena a ella, se atormenta a ratos pensando lo mal que está robarle el marido a otra, mientras que otros ratos piensa que él nunca se divorciará, luego, no ha de sentirse culpable por quitarle el marido a otra cuando él nunca va a dejar a su mujer. Lo único que tienen en común la mujer y la amante es el género femenino. A él nunca se le ocurriría compararlas. La esposa es la que él eligió como encargada del hogar y la familia, y la amante pertenece a otro ámbito completamente distinto, es la que le da inspiración, pasión, la que lo hace flotar por encima del denso gris de la vida cotidiana, aquella que lo hace sentirse un heroe admirado. Jamás se le pasaría por la cabeza considerar que la amante pudiera convertirse en esposa. Si él decidió tener amante no fue porque le fuera mal con su mujer, sino para volver a sentir la fiebre y el orgullo del conquistador. La amante por su lado piensa que si con ella se muestra tan apasionado es que ocupa un puesto importante en el podio de su corazón por encima del de la esposa cuando no es así en absoluto. La esposa se siente a veces celosa de las posibles amantes que pudiera tener su marido, pero lo mismo le daría tener celos de su afición al fútbol. Ella piensa que todas las mujeres pertenecen a la misma categoría y que dentro de esta son intercambiables. Siempre pensó que se casaba con alguien con quien compartiría todo, un amante, amigo, padre, confidente, pero con el tiempo descubrió que su comportamiento se asemeja más al de un jefe algo déspota. Ella sigue preocupándose por los sentimientos de él. Él de los de ella no, da por hecho que ya está contenta por el mero hecho de tenerle como marido.
Al meterse finalmente en la cama tras un duro día para ella, aunque no haya podido comentar el porqué, y para él, porque la sesión maratoniana de sexo le ha dejado con temblor de piernas y tensiones musculares, ella le pregunta,
- ¿me quieres?.
Él contesta rápidamente sin siquiera mirarla a los ojos,
- claro que te quiero, es más, lo he estado pensando y...si te murieras, ¡yo lloraría!.
Desde que escuché a un tipo decir "esperé a dejar de esta enamorado para casarme" ya nada me afecta en ese sentido...
ResponderEliminarBesos en singular :-)
Como la vida misma nena...como la vida misma...para mi gusto le falta un amante a la esposa jejejejeje...así todos contentos.
ResponderEliminar...y dicho sea de paso, resulta frustrante la soledad en medio de la multitud, siempre diré que es muy triste...
ResponderEliminarOtro beso, ya puestos :-)
La rutina y la estabilidad tienen mucha fuerza, para eso se inventó el matrimonio, para que dos personas sigan juntas cuando ya la naturaleza no es capaz de reternerlas una al lado de la otra.
ResponderEliminarComo decía no recuerdo quien,
ResponderEliminar"Cuando mi marido llega tarde a cenar siempre pienso dos cosas, o que tiene una amante, o que anda tirado muerto en la calle. Siempre espero que sea lo de la calle."
Puff..un tema complejísimo. Ser "la otra" es jodido. Ser la mujer cornuda, también. ¿Y él? Ellos siempre ganan.
ResponderEliminar