Hoy me apetece ser mala, así que he pensado que mi máxima pretensión del día será desafiarte para ganarme tus azotes. He decidido que llevaré bajo mi vestido como única prenda interior un liguero escondido al mundo y abierto sólo a nosotros. Pretendo con esto andar mojada durante toda la jornada mientras te espero, porque hoy quiero esperarte así, sabiendo que sabes lo que quiero.
Llegado el momento ocuparás esa silla que he colocado frente a mí en la barra de este bar oscuro que nos ha visto perder la cabeza otras veces. No, no me importa que haya gente. Quiero transmitirte con miradas viciosas y movimientos obscenos la exasperación de mi capricho, mojar mi asiento contagiándote mis ganas descontroladas, gritarte en silencio que me folles. Pretendo tus ojos morbosos fijos entre mis piernas observando mi piel pegada al frío asiento y deleitarte con mis movimientos empapándolo todo. Quiero que me pidas que esté quieta, alertado por la afluencia mientras me agarras fuerte por las muñecas.
He escogido estar de espaldas a la puerta pues prefiero delegar en ti el tránsito y sólo ser consciente por tu mirada que alrededor de nuestro micromundo retorcido hay una realidad a la que hoy quiero ser ajena. Mi única ansiedad ahora reside entre mis piernas y la humedad y el frío del asiento por contra de aliviarla la exasperan. Me he propuesto autodestruirme otro poco volviéndome más loca por ti y te quiero de espectador principal sentado muy cerca, tal y como logísticamente he dispuesto.
Quiero en un momento dado saltar de mi silla a tus piernas, sentándome a horcajadas, llevando mi rastro húmedo a tus pantalones, restregarlo en ellos y acercándome cada vez más a tu polla, sin prisa, ahogando los gemidos en un descontrolado intento de control, ofreciendo mi cuello a tus mordiscos, sintiendo tu polla abultada hasta el extremo clavándose en mi erotismo desbocado, tus manos agarrando mi culo tratando de sentirme más cerca. Quiero apretarte entre mis piernas y apretando con mi sexo el tuyo moverme en lentos círculos que te mojen mientras examino en tus ojos las ráfagas de pudor y deseo contenido controlando el local. Quiero que el primero se pierda y lleves el segundo a los límites que sólo nosotros conocemos. Hoy te quiero loco por mí, sentir tu sexo empalmado destrozándote el pantalón, loco por destrozarme a mí. Te necesito en ese punto en que, no pudiendo más, turbado y excitado, loco, me des allí mismo lo que merezco.
Muy bueno.
ResponderEliminarBuenooo....y eso que sólo lo has leído.
ResponderEliminarImagínate sentado en esa logística silla.
La sensación que tengo es que eres una persona que se escapa de la mediocridad y proyectas un halo de sensualidad que convierte en vulgares a muchas de las mujeres que he conocido.
ResponderEliminar...y la cantidad de emociones, miradas, alientos y suspiros que se escapan en el momento, imposibles de traducir en palabras.
ResponderEliminarNo te preocupes demasiado, aunque tengo por seguro que no lo haces. Lograrás saciar ese apetito de juego porque sabes lo que quieres y tienes la costumbre de conseguir lo que te propones.
Un besote, envidioso de la silla y no digamos de quien moldee tu piel.
Reconozco que si eso es ser mala, yo tambien he sido mala alguna vez.
ResponderEliminarPero quizás no sea tan capaz de decir las cosas claramente como tu lo haces, felicidades.
andar mojada durante toda la jornada mientras te espero
ResponderEliminarEs que yo creo que si hay algo capaz de potenciar el sexo, es la espera. Pero la espera con la seguridad de lo que va a venir; no la esperanza, que es una espera sin certeza. Esperar sabiendo la que te va a caer. Esperar sentada de espalda a una puerta, oyéndola abrirse sin saber si ha llegado tu turno, sin saber si esa mirada de fuego que notas en tu espalda, si ese aliento que roza tu nuca de alguien que se acerca por detrás es de el que esperas o simplemente, de alguien con esperanza. Ese esperar sabiendo que tarde o temprano sucuderá, que no estás mojando el asiento en vano, que de repente un cuerpo se pegará al tuyo, que unas manos lo convertirán en prisionero de un placer que ya llegó, que por fin ha llegado tu turno.
Nada como esos minutos que pasan entre una llamada al móvil: a tal hora voy a tu casa, y la certeza de unos tacones que avanzan por el pasillo hasta oir sonar el timbre de tu puerta. Ese campanazo que anuncia el inicio del primer, único y definitivo asalto de ese exclusivo deporte en que salen ganadores los dos contedientes una vez terminado el combate.
Esa espera es el mejor afrodísíaco que conozco.