Sábado noche, y como quien prepara un maquiavélico plan voy dando forma a mi imagen tras horas ante el espejo, depilación completa, laca de uñas oscura en manos y pies. Una copa de vino acompaña el ritual organizativo adelantando lo que está por venir. Recupero del fondo de armario ese vestido negro que tanto llama la atención, por corto, por ajustado, y por insinuar el escote de la forma en que lo hace. Botas altas de tacón imponente. Entre sorbos de vino decido prescindir de las medias, también lo haré de la ropa interior. Quiero sentirme libre.Observo el brillo de mis ojos, tienen algo especial esta noche, obra y gracia del eyeliner negro que marca exageradamente los contornos, o será el rimmel repartido sin complejos. Sombras oscuras, casi tanto como mi alma, tez pálida y labios nude, blanquecinos casi mortuorios que terminan de componer una imagen nocturna que hoy refleja perfectamente mi interior, y mis intenciones. Perfume...embaucador.
Último vistazo antes de salir de casa en el espejo de la entrada. Me encanta lo que veo y me lanzo un beso al aire, ególatra.
Corren horas intempestivas cuando finalmente me adentro en la oscuridad del pub, me siento mimetizada con la falta de luz. No, no he caído aquí por casualidad. Pura y dura premeditación. El género, básicamente masculino y una edad media de cuarenta años, se reparte a izquierda y derecha dejando al centro un pasillo por el que estoy deseando adentrarme y arrastrar adeptos. El frío de la calle ha erizado mis pezones libres con los que voy marcando el camino. Rozo en la espalda al primer chico que tapona mi paso y en su giro le obligo a tropezar con mi sonrisa malévola. Sonríe y abre paso exageradamente, como exageradamente se sigue haciendo camino conforme avanzo decidida, sonriente, erecta y selectiva. Una miradita aquí, una sonrisa allá, un golpe de cadera, un roce mínimo pero suficiente.... Me gustan los hombres altos, muy altos, así que es fácil localizarles entre el gentío, casi tan fácil como abrir camino y lograr que te sigan hasta el fondo del recinto, casi tan fácil como que el camarero se dé de hostias por atenderte rápidamente y con una sonrisa ciertamente viciosa.
Añado la tónica al Bombay Saphire y agito la mezcla empujando los cubitos al fondo del vaso mientras me giro observando la captura. Como por arte de mi magia tengo a la inmensa mayoría de tíos altos del local rodeándome formando casi un semicírculo perfecto a mi alrededor. Permanezco con el culito apoyado contra la barra y pruebo mi copa a la vez que empiezo a moverme al compás de la excitante música mientras entro en calor, y les miro, les miro uno a uno, y lo hago de arriba a abajo y con una cara que estriba entre no haber roto un plato nunca y romper vajillas enteras a diario. Siento la mirada de todos sobre mí, no evito el pensamiento de tenerles a todos a la vez, me regocijo en la idea y siento que me mojo, la tensión sexual es palpable, la temperatura elevada, me siento deseada, el morbo invade el entorno y la prueba de ello resbala bajo el vestido. Anhelo tocarme pero no lo hago, no todavía. Entre sorbos y movimientos suaves rítmicos aunque pausados me despego de la barra para encender un cigarrillo. Es ese momento uno de ellos, especialmente atractivo, se pega a mí por detrás, espalda con espalda acompañando mis movimientos de baile durante unos segundos hasta que sin pensarlo demasiado desplazo la mano que me quedaba libre hasta una de sus piernas acariciándole la parte trasera hasta llegar a su culo, recorriéndole con mis uñas, le siento agitarse y me resulta imposible no buscar su erección, a mi contacto en su polla sus manos van inmediatamente a buscar mis piernas, seguro que de haberlo logrado hubiera detectado que la ropa interior se quedó en casa y lo mojado y encendido de mi sexo le demostrarían lo mucho que disfruto el momento. Le detuve, aquí sólo juego yo. Entre tanto, otro aprovecha la coyuntura para acercarse a mí de frente, le permito agarrarme la cintura y le sonrío maliciosa mientras aprieto fuerte con mis uñas al de detrás dejándole a buen seguro una marca que le recuerde en que terreno fangoso se metió ese sábado. Las altas presiones hicieron mella inevitable arrastrándome al aseo donde mientras me observaba en el espejo, con la espalda pegada a la puerta, el vestido sujeto con una mano y con la otra, helada por la copa, me penetraba con varios dedos de un sólo golpe arrancando un orgasmo inmediato.
Cuando vuelvo se siguen dirigiendo a mí por turnos, haciendo gala de todo lo que saben hacer, mostrando sus encantos como pavos, babeantes, algunos incluso temblorosos, en todos los casos excitados, la concentración de testosterona por centímetro cúbico alcanza de seguro niveles insalubres. Mis sonrisas han pasado a carcajadas, y mis miradas se centran ahora en la salida.
No les importó disputarse la presa, inconscientes, de que la presa eran ellos.
Menos mal que no soy tan alto, menos mal que mi timidez me evita comportarme como un neanderthal, menos mal que jamás me meto en esos líos porque ellas siempre eligen y nosotros no tenemos nada que hacer, menos mal que suelo reírme de esas escenas de engreídos egocéntricos domesticados por el simple pestañeo de una mujer, con un riesgo inherente al juego porque no todos lo entienden, menos mal que en la nevera aún hay hielo.
ResponderEliminarPérfida envidia del tacto de ese vestido, en definitiva. Quedará en la memoria esa descripción tan minuciosa como sensual. Y pérfida tú, privando de tu esencia, dejándola para ti.
:-P
Besos en penumbra :-)
He leído tu relato en el blog y aunque me gusta, mis fantasías no son tan sofisticadas. Son más sencillas. Tengo una fantasía contigo desde hace meses que siempre es la misma: Tú vienes a recogerme en tu coche, yo me monto y vamos a un lugar apartado del campo. Abres la puerta del coche, te sientas mirando hacia afuera, te quitas las bragas, me arrodillo y le lamo el coño de arriba a abajo y de abajo a arriba. Despacio, muy despacio, recreándome.
ResponderEliminarLamiéndote ese coñito tan precioso que ahora me relamería, te lamería la cara interna de los muslos, las ingles, los labios de arriba a abajo, chuparía tú clítoris y seguiría lamiéndote hasta que te corrieras sobre mi cara y me la llenaras con tus jugos. Después tú te limpias con las bragas, me las tiras a la cara, te subes la falda y volvemos.
Nada más, sólo eso.
Tengo esta fantasía desde hace meses y siempre contigo. Me masturbo siempre con ella y por eso siempre estás conmigo.
Siempre.
Se me ha olvidado escribir que las bragas me las quedo yo para tenerte, para olerte, para saberte y sentirte cuando no estés. Para tenerte siempre conmigo y adorarte; adorar el sabor a ti impregnado en ellas como una reliquia tuya. La más sagrada.
ResponderEliminarMido 1,82, la próxima vez que vayas a un sitio así avisa y además de llevar lo que siempre va unido a mí me llevaré la cámara para inmortaalizarte.
ResponderEliminarAl anónimo....Marta no suele usar braguitas, lamento pues no poder complacerte ;)
ResponderEliminarEstrategia, pinturas de guerra, campo de batalla, acción, volver a comprobar por enésima vez que "ganas" con sólo pretenderlo, y retirada"perdiendo", perdiendo por no encontrar alguien que se diferencie en la batalla.ayssssssssssssss mi buapaaaa...que bien escribes y que talento malgastaooooo...muackkkk
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