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El no ya lo tienes

Uno de muchos geniales "Hartículos" de Risto Mejide publicados semanalmente en la revista digital ADN.

Cuál es la mayor mentira que jamás te has contado. Ésa que te costó mucho contarte porque sabías que te costaría muy poco creerte. No vale cuando dijiste que era la primera vez que te pasaba, porque ahí creíste estar engañando. Tampoco cuando dijiste sí quiero, porque ahí sólo engañabas al cura. Ni cuando dijiste te echo tanto de menos, porque ahí engañaste a domicilio. Me refiero a la mentira íntima más gorda, fea y cochina que jamás te haya colado tu propia ilusión en su acepción más ilusa.

Déjame darte alguna pista. La venden por horas, por metros cuadrados e incluso por años trabajados. Existe la social, la privada, la personal y hasta la jurídica, aunque creo que esta última es un poco como Dios, todo el mundo la menciona, pero muy pocos parecen haberla visto. Y también como en ese caso, nadie está a salvo de su amparo, sobre todo porque en algún momento, todo el mundo ha necesitado pensar que existe.

Estoy hablando de esa mentira con la que cada vez es más divertido convivir. Estoy hablando de la gran mentira íntima al alcance de todos los bolsillos. Estoy hablando de eso a lo que llamamos seguridad.

No hay nada más mentira que estar seguro de algo. Ni nada más peligroso que estar en posesión de la verdad. En su versión cotidiana, nada peor .. que tener razón. La gente que tiene respuestas para todo llegan a presidente de los Estados Unidos, así que ándate con cuidado. Y la gente que tiene preguntas para todo son las que inventaron las vacunas conocidas, así que toma nota. Asegurarse, un verbo detrás del cual se nos ve la pluma de la ignorancia, el plumón de la idiotez y el plumero del miedo.

Lo peor es que, como militante de la venta a discreción, te puedo asegurar que no hay industria más rentable que la del miedo. El miedo es impersonal, transferible y terriblemente contagioso, se propaga sin costes de transporte y encima, con cada contagio, va mutando el virus, con lo que se hace cada vez más imposible su erradicación definitiva.

Al fin y al cabo, qué hay de malo en arriesgarse. O mejor, qué hay de bueno en no arriesgarse. Sufrir de lo mismo que sufrimos ya, pero más tarde. Seguir como estábamos, pero con menos tiempo para estar como estábamos. En definitiva, estar peor que estábamos, pero encima creyéndonos que estamos igual.

Arriesgarse es enfrentarse a decibelios de envidia. Sufrir de sordera ante el qué dirán. Pero es que es comprensible que genere envidias alguien que decide atenerse a las consecuencias de vivir la vida de uno, y no la de los demás.

A cada instante, una gran parte del mundo está a punto de casi todo. Él a punto de llamarla, ella a punto de cogerlo, el otro pensando si debería, aquella decidiendo si lo hace o no. Malos a punto de ser buenos, buenos a punto de hacerlo peor. Oportunidades a punto de crisis, trabajos a punto de paro, relaciones a punto de caramelo, infidelidades a punto de perder su fe. Todos paralizados por no plantearse qué es lo peor que les puede pasar, qué es lo mejor que les puede dejar de pasar.

Hoy rompo todas mis lanzas por aquellos que se arriesgan.

Y caen.

Aunque sea en la cuenta.

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