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El amor es un estado de conciencia en expansión infinita
NO TE ENAMORES DE LAS EXPECTATIVAS.
NO TE ENAMORES DE LA ILUSIÓN (también tu lo serías).
NO TE ENAMORES DEL PARA SIEMPRE (todo principio tiene un final).
NO TE ENAMORES DE QUIEN TE HAGA FELIZ (serías dependiente).
NO TE ENAMORES DE QUIEN TE COMPRA (el amor no está a la venta).
NO TE ENAMORES DE UN SUSTITUTO (el amor es irreemplazable).
NO TE ENAMORES DE QUIEN TE HAGA BIEN EL AMOR (crearías una adicción).
NO TE ENAMORES DE UN SUEÑO (siempre terminarás despertándote).
NO TE ENAMORES DE QUIEN TE DA TODO (no serías nadie).
NO TE ENAMORES DE QUIEN ES PERFECTO (hasta te aburrirías).
NO TE ENAMORES DE QUIEN CREES POSEER ( tu eres el poseído).
NO TE ENAMORES TRATANDO DE HUIR DE ALGUIEN (tu sombra te seguirá a todos lados).
ENAMÓRATE DE LO QUE ES (solo ama lo que se te presente).
ENAMÓRATE DE LA REALIDAD (te da la oportunidad de recrearlo siempre).
ENAMÓRATE DEL AHORA (la magia del momento).
ENAMÓRATE DE LA FELICIDAD (hay más motivos para ser feliz que para pensar quien nos la dará).
ENAMÓRATE DE QUIEN TE DA (que no te pide nada a cambio).
ENAMÓRATE DE CON QUIEN ESTÁS (sin temor).
ENAMÓRATE DE QUIEN TE ACEPTA (que ni siquiera te cuestionaría).
ENAMÓRATE DEL QUE RESPETA TU INDIVIDUALIDAD (tienes derecho a tu propio espacio).
ENAMÓRATE DE QUIEN RESPETA TU LIBERTAD ( el amor es así, LIBRE).
ENAMÓRATE PORQUE ESTÁS ENAMORADO DE TI MISMO .
ENAMÓRATE SIN EXIGIR (el amor no es una obligación).
Sudoku
Tumbada a su lado en la enorme cama abarcaba con constancia y cierto descaro el espacio ajeno en busca de un abrazo que le transmitiera lo que había venido a buscar. Estaba ahí sólo por eso, no había ningún otro motivo. Era una necesidad no orgánica por cubrir. Sin más complicaciones ni explicaciones en una u otra dirección. No las requería. Tampoco requería sexo. Ni palabras. Ni promesas. Ni siquiera confesiones íntimas. Un abrazo, la seguridad por parte de quien lo recibe, sabiéndolo entregado desde unos brazos tan especiales, una seguridad desde luego no encontrada en cualquier abrazo, una necesidad aletargada en el espacio-tiempo y ahora recién renovada y expuesta.
Él giró su cuerpo al lado contrario a ella, y con naturalidad aplastante, comenzó a hacer el sudoku.
Iter-acciones
Me buscas, apareces, robas mi calma y con ella desapareces.
El tiempo todo lo cura, pero no existe éste si regresas.
Si vuelves esparciendo mi tranquilidad.
Ignorando mi paciencia.
Con ironía e inexplicables negativas envasadas al vacío.
La obligación sobre la devoción, ya había oído antes esa canción.
Más desconoces que la luna juega de mi parte.
Pronto vendrá otra noche solitaria y el alcohol ganará de nuevo la batalla.
Avanzará sinuoso por tu cuerpo y por tu mente.
Dejaran de ser tuyos.
Serán entonces del deseo, que es mío.
Y volverás para otra vez no quedarte.
Con tu calma y sin la mía.
Con mi impaciencia y tu ironía.
De lo subjetivo de las vidas ajenas
Domingo, seis de la mañana, ella, a
días de cumplir treinta y cinco años, ha terminado su obligado y
poco amable turno de trabajo como camarera nocturna, regresa a casa en su coche
después de haber tomado varias copas tras el cierre, con compañeros de trabajo y algún cliente rezagado. Nada interesante.
Regresa sola, noche tras noche, es lo que ha querido siempre,
independencia, libertad absoluta por la que ha luchado, ganado y
perdido. Aunque últimamente siente que está algo cansada y hace
tiempo que la soledad le pesa inexplicablemente. Estos pensamientos
se agravan casi siempre bajo los efectos del alcohol y en esta
madrugada, sin motivo aparente, de manera especial. Antes de coger el coche para regresar a
casa se planteó si estaba en condiciones de hacerlo, dudó
mínimamente y al final se atrevió con ello. Ahora el coche parecía
llevarla por su propia cuenta mientras ella se autocastigaba
mentalmente culpándose de sus siempre malas relaciones con los
hombres. Se miraba al retrovisor mientras avanzaba, pasan los años, pero
se sigue viendo guapa, el pelo negro le imprime carácter e incluso cierta
distancia. Todavía mantiene los permanentes labios rojos a pesar del inexorable paso de horas y vasos. Ni un beso.
Él por su parte no había podido pegar
ojo en toda la noche, su casa era demasiado silenciosa. Primero
estuvo mirando la televisión durante horas, pensando que el zapping
le mantendría entretenido y alejado de esos pensamientos recurrentes
sobre la impuesta soledad como castigo, que tan a menudo le
arrancaban la tranquilidad sin casi poderlo controlar, y que eran
especialmente persistentes desde el día en que había cumplido
sesenta y cinco años, con todo lo que ello conllevaba. Eran casi las cuatro de la madrugada cuando
pasó del zapping a una novela de contenido histórico que había
empezado recientemente y que le despertaba, por la temática, mucho
interés, aún cuando tenía la sensación de que en ocasiones la
propia historia le traicionaba inesperadamente con giros, haciéndole
comprender que el amor, de una u otra forma, estaba siempre
presente en la literatura, independientemente del género, y también
en la historia, y así pues, en la propia vida, llegando a concluir
que tal vez el mundo entero conspiraba en su contra, retorciéndose a
carcajadas ante su soledad, haciéndole sentir más y más culpable
por no haber sabido hacer feliz a su esposa durante su matrimonio,
fallecida ella ahora hace dos años por una terrible, rápida y fatal
enfermedad. Dejó con un golpe seco la novela en la mesita de noche,
miró el reloj y luego la ventana, el amanecer se le había
echado encima y el sueño ni siquiera había hecho aparición. Pensó
que le vendría bien un café caliente. Después saldría a dar un
paseo en coche por la ciudad, aprovechando la primera hora de la
mañana, cuando el resto de la humanidad todavía estaría desconectado
entre sábanas, muchos de ellos por parejas.
El frío invade el interior del coche
de ella, que piensa mientras circula medio a tientas, que el invierno
se ha echado encima casi sin avisar, prácticamente de un día para
otro. Recuerda el año anterior y le viene a la mente que es mucho
más complicado dormir sin compañía en invierno, noches acurrucada
y abrazada a la fiel almohada, bajo el excesivamente idolatrado edredón
nórdico que destila calor humano. No era justo, pensó, si la
Duquesa de Alba tenía novio, ¿por qué ella no?. El alcohol seguía
haciendo mella. Subió el volumen de la música.
Sería o no por el contraste del café
caliente que él había tomado antes de salir de casa, pero sintió
que la temperatura había bajado mucho en los últimos días. Recordó
que su casa es muy fría en invierno, concretamente su dormitorio por
estar en la planta alta. Le amenaza la evocación de su gélida cama,
castigo de la vida, irónicamente perdonado en los meses cálidos.
Arrancó el coche y puso la calefacción. Su coche también le
recordaba la soledad, hacía apenas tres años que lo había
comprado, un todoterreno enorme, entonces eran una familia, solían
hacer muchos viajes. También le gustaba viajar con sus amantes, esas
que aparecían y desaparecían fugazmente y de las que a día de hoy
no quedaba ni rastro. Sus hijos se casaron al poco tiempo de perder a
su madre, vivían ambos fuera de la ciudad y era complicado verlos.
No había tráfico, conducía sin prestar la mínima atención, un
semáforo en rojo provocó su parada. Un coche musicalmente ruidoso a
estas horas y que frena con firmeza a su derecha consigue sacarle de
sus pensamientos. Conduce una chica de largo pelo oscuro, es muy
atractiva. Lo mira retadora.
A su izquierda en un semáforo hay un
enorme y vistoso todoterreno oscuro, dentro un rostro maduro, muy atractivo,
con cierto aire de indiferencia o tal vez experiencia, y una mirada
azul intensa que la traspasa sin tener piedad de la distancia, y la
deja clavada e inmóvil durante unos segundos. Sintió entonces que
aquel hombre era deseable, sintió su elegancia, su cálida sonrisa,
continuó mirando y pensó si su estado ebrio perdonaría cualquier
acto por su parte.
Mientras ella divagaba internamente,
continuaban mirándose, él hacía balance, es joven, es muy guapa,
muy atractiva, y observa como la dejadez y el desorden de su pelo
alborotado hablan de una larga noche, hablan a buen seguro de
alcohol. La miraba, miraba su perdida mirada y deseaba su cuerpo.
Sentía que ella le miraba, miraba clavada en sus ojos sabiéndose
deseada y no haciendo nada por evitarlo. Disfrutando el instante
juntos a la par que ajenos, no encontrando en principio razón para
dejar de hacerlo, aunque por momentos ambos pensaran que debían por
educación evitar lo que estaba ocurriendo. Ella le pareció muy
luminosa a la vez que oscura, miraba ahora sus labios rojos, todo en
ella eran contrastes.
El semáforo cambió a verde, y sin
moverse ambos se sumieron conjuntamente en la angustia a la vez que
miraron, mecánicos, al frente. Ella continuó entonces
autocastigándose, la experiencia hablaba, mientras él sufría
pensando que si ella se iba ahora, ¿cómo iba a poder vivir después
de haberla tenido tan cerca?, ¿cómo había podido estar antes sin
conocerla?. Sintió que ella era el motivo de aquella larga noche
insomne que seguía a muchas otras, la mujer que había soñado toda
la vida, la que le mantuvo en incesante búsqueda, la que no le
permitió centrarse en nada que se propusiera.
Ella había agachado la cabeza, el
largo flequillo negro tapaba practicamente su cara dejando sólo
visibles sus rojos labios entreabiertos por los que pasaba despacio
su lengua a la vez que pensaba que no sería capaz de volver a mirar
esos ojos que momentáneamente y sin explicación, le habían
transmitido tanto, temió entonces que volviendo a mirar, el
insoportable calor alojado en el pecho pudiera bajar a su estómago,
e incluso más abajo.
El amanecer había dejado paso a la
mañana, estaban quietos mirando al frente, ninguno había metido la
primera ni pisado el acelerador, intentaron alargar los minutos,
solos, uno junto al otro, mirando en la misma dirección, pensando
exactamente lo mismo, no atreviéndose ninguno a dar el paso. Ese
paso que no iba a tener vuelta atrás, ese paso que iba a dejar
allí, en aquel preciso lugar, un montón de sueños perseguidos toda
una vida y perdidos en un instante. Derrotados pero acostumbrados a
ello, ya ni siquiera volverían la cabeza atrás para echar un último
vistazo.
Un último vistazo que hubiera sido el comienzo. Y el final.
La soledad lo es todo cuando no tienes nada
Nadie dejó a nadie, eso fue lo realmente doloroso, no había nada que asumir más que una ausencia sin motivos. No sabía si cabía la esperanza, si lo que hubo regresaría o si jamás volvería a verlo, si le había perdido o finalmente ganado, no sabía si asumir luto, o esperar paciente la victoria. Simplemente desapareció, sin explicación, robando la capacidad ajena de asumir los hechos y dejándola en un estado de semiconsciencia donde a ratos pensaba que volvería, avivando la ilusión, y otros su cada vez más lejana imagen se le antojaba borrosa en el recuerdo. Sigue siendo triste y borroso recordarle, había vivido situaciones duras en la vida, pero como aquella extraña desaparición, pocas, fue difícil, tuvo que dejarlo todo, su casa, su trabajo, sus amigos, salir de la tantas veces nombrada espiral y sus efluvios, refugiarse donde nunca quiso, e intentar recuperarse.
Y si sigue sola y sin hablar del tema es porque todavía no lo ha conseguido.
I'm your man (Leonard Cohen)
Si quieres un amante, haré todo lo que tú me pidas, y si quieres otro tipo de amor, me pondré una máscara por ti. Si quieres un compañero, toma mi mano, o si quieres golpearme con rabia, aquí estoy, soy tu hombre.
Si quieres un boxeador, saltaré al ring por ti, y si quieres un doctor, examinaré cada pulgada de ti. Si quieres un conductor, súbete, o si quieres dar una vuelta, sabes que puedes, soy tu hombre.
Ah, la luna es demasiado brillante, la cadena está demasiado apretada, la bestia no se irá a dormir, me he estado moviendo entre esas promesas que hice para ti y que no puedo cumplir.
Si quieres un boxeador, saltaré al ring por ti, y si quieres un doctor, examinaré cada pulgada de ti. Si quieres un conductor, súbete, o si quieres dar una vuelta, sabes que puedes, soy tu hombre.
Ah, la luna es demasiado brillante, la cadena está demasiado apretada, la bestia no se irá a dormir, me he estado moviendo entre esas promesas que hice para ti y que no puedo cumplir.
Ah, pero un hombre nunca consigue que una mujer vuelva, me arrodillaría, gatearía por ti, nena, y caería a tus pies, y aullaría a tu belleza como un perro en celo, y me agarraría a tu corazón, y lloraría en tu sábanas, y diría, por favor, por favor, soy tu hombre.
Y si tienes que dormir un rato, en carretera yo conduciré por ti, y si tienes que hacer la calle sola, desapareceré por ti, si quieres un padre para tu hijo, o sólo quieres pasear conmigo un rato por la arena, soy tu hombre.
Y si tienes que dormir un rato, en carretera yo conduciré por ti, y si tienes que hacer la calle sola, desapareceré por ti, si quieres un padre para tu hijo, o sólo quieres pasear conmigo un rato por la arena, soy tu hombre.
Si quieres un amante, haré todo lo que tú me pidas, y si quieres otro tipo de amor, me pondré una máscara por ti.
El que espera, desespera
"Lo que tarda tanto en llegar es igual que si no hubiera llegado, peor incluso, porque el cumplimiento a destiempo de lo que tanto se deseó acaba teniendo un reverso de sarcasmo."
Odio esperar, lo odio profundamente, de las cosas que más odio en esta vida, será que esperé mucho en el pasado y no con buen resultado que intento huir de ello, pero me siento inevitablemente abocada pues en juego suelen entrar más intenciones aparte de la de una misma.
Cuando el teléfono no suena el silencio habla. Y es indolente pues actúa a traición, cuando menos lo esperas, y grita más fuerte al ritmo que una intenta relajarse. Y logra que no lo consigas. Y cuando esperas, sólo esperas, no avanzas.
No llama, no lo ha hecho, y es más que evidente que ya no lo hará.
Me suele costar alrededor de una semana hacerme a la idea, los dos primeros días se piensa que así será, que alguna vez tiene que salir bien, llamará, y todo será como parece que puede ser. Los dos días siguientes son de dudas, cabe la posibilidad de que no descuelgue el teléfono. A partir del quinto día se asume, no llamará, y te das cuenta entonces de que no has hecho en toda la semana más que eso de lo que tanto reniegas y odias. Esperar.
Ciertamente sus motivos tiene para no hacerlo, si yo fuera él, y tuviera su autocontrol tampoco hubiera llamado, aunque tampoco hubiera prometido que lo fuese a hacer. Pero esta vez no es válida la frase "él se lo pierde", no, esta vez pierdo yo, es el resultado de lo que he decidido ser, la consecuencia de haberme convertido en la mujer de la que tan a menudo presumo. Tanta libertad asusta, y no se puede estar en dos bandos, ni cambiar de chaqueta en función del interés, y no, no es este un acto de autocompasión ni mucho menos, sino de asumir una toma de decisiones, de actitudes, de un decidido y mantenido posicionamiento que me ha alejado años luz del estereotipo que ahora intranquiliza mi relax aullándome al oído el silencio de un teléfono que no suena, de una llamada que jamás llegará.
Eurípides de Salamina (poeta trágico griego)
Odio esperar, lo odio profundamente, de las cosas que más odio en esta vida, será que esperé mucho en el pasado y no con buen resultado que intento huir de ello, pero me siento inevitablemente abocada pues en juego suelen entrar más intenciones aparte de la de una misma.
Cuando el teléfono no suena el silencio habla. Y es indolente pues actúa a traición, cuando menos lo esperas, y grita más fuerte al ritmo que una intenta relajarse. Y logra que no lo consigas. Y cuando esperas, sólo esperas, no avanzas.
No llama, no lo ha hecho, y es más que evidente que ya no lo hará.
Me suele costar alrededor de una semana hacerme a la idea, los dos primeros días se piensa que así será, que alguna vez tiene que salir bien, llamará, y todo será como parece que puede ser. Los dos días siguientes son de dudas, cabe la posibilidad de que no descuelgue el teléfono. A partir del quinto día se asume, no llamará, y te das cuenta entonces de que no has hecho en toda la semana más que eso de lo que tanto reniegas y odias. Esperar.
Ciertamente sus motivos tiene para no hacerlo, si yo fuera él, y tuviera su autocontrol tampoco hubiera llamado, aunque tampoco hubiera prometido que lo fuese a hacer. Pero esta vez no es válida la frase "él se lo pierde", no, esta vez pierdo yo, es el resultado de lo que he decidido ser, la consecuencia de haberme convertido en la mujer de la que tan a menudo presumo. Tanta libertad asusta, y no se puede estar en dos bandos, ni cambiar de chaqueta en función del interés, y no, no es este un acto de autocompasión ni mucho menos, sino de asumir una toma de decisiones, de actitudes, de un decidido y mantenido posicionamiento que me ha alejado años luz del estereotipo que ahora intranquiliza mi relax aullándome al oído el silencio de un teléfono que no suena, de una llamada que jamás llegará.
Besar ranas (y sapos)
Podría hacer memoria, debe hacer como siete años, que no hago más que hacer honor al título de este post.
Podría seguir haciendo memoria y recuento, pero sería poco elegante por mi parte, pero muchas, han sido muchas ranas.
Y seguir recordando, que no rememorando, y ver, desde la objetividad que da el paso del tiempo y la distancia, que entre esas ranas he dado también con sapos, algunos de ellos venenosos.
Las ranas pasaron, la mayoría, sin mucha pena ni gloria, la cosa ha venido funcionando por proyectos, marco objetivo, defino estrategia, ataco, capturo y generalmente desaparezco.
Con los sapos ha sido más complicado y sinceramente a día de hoy todavía no tengo palabras. Quizá sea esa falta de palabras la que haya parido este post.
Sapos, ranas, besos, distancia, tiempo, objetivos, veneno, metas, huídas, encuentros y desencuentros. He seguido a pies juntillas la declaración de intenciones de este sitio, "considero sentir como lo más interesante de la vida. Adicta a las emociones, a las sensaciones, a seguir descubriendo, a andar en la cuerda floja, a tener una existencia más bien poco convencional y para nada monótona. Gran observadora e hiperactiva mental. Me gusta exprimir mi realidad y disfruto observando, y a veces manejando, en beneplácito de mis sensaciones, las vuestras."
He aprendido (ay, cuanto, y sigo), he ganado en seguridad, y perdido en grandes batallas, me he comido literalmente a mordiscos de los veintiseis a los treinta y tres años. He hecho explosionar los sentidos cada vez que me ha apetecido. He subido y bajado, me he emocionado tanto, reído, mucho, llorado, uf, y no, no cambiaría nada de lo vivido, pero...
...¿y si un día quisiera cambiar las cosas?......¿sería capaz?...
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